Mi CoMpaÑeRa de ViaJe.

No se trata de la pequeña arruga que dibuja mi entrecejo desde hace ya un tiempo.
Tampoco de esas pecas que se tornan manchas, ni de ese sorprendente respeto que empiezo a notar cuando alguien se dirige a mi.
Tampoco se trata de cómo visto, así como ni de mi vocabulario, ni mi lenguaje…todo ello tan versátil como siempre ha sido en mi.
Hay algo intangible en mi, invisible, imperceptible a los sentidos, pero que yo sí siento…sólo yo.
Ese algo, sin imagen fija, está cambiando desde hace ya un tiempo. Y me regodeo de ese algo, de ese alguien, que habita en mi.
Mi compañera de viaje, algunas veces imperceptible hasta para mi, pero siempre presente, está en su mejor momento desde que tengo memoria.
Me ha enseñado a no temer la soledad, y guiarme el camino que llega hacia ella, siendo mi refugio oscuro, pero que aprendimos juntas a iluminar con pequeñas velas de te que se apagan con la leve brisa de mi despertar.
Mi fortaleza nació de la mano de mi compañera en el refugio de esa soledad que nos protege y nos enseña que mi parte invisible, aunque imperceptible, seguía creciendo al igual que yo. Mi hermana gemela, mi otro yo ajeno y ligado a mi.
Algunas veces se me ha rebelado (os lo aseguro, puede llegar a ser tan reivindicativa y exigente como yo), sin tener en cuenta qué es lo que más me convenía, pero sumergiéndome en sentimientos que yo no me podía permitir, reventando la apretada faja que los contenía.
En otras, a pesar de su insistente martilleo en mi cabeza para que la escuchara, la he hecho callar, ya que no entendía que sus propuestas no eran viables para ella, y debía pensar en mi y en los que me rodean.
Nuestros diálogos trascurren en mis silencios, tal vez conduciendo una autopista aburrida, tal vez, en breves descansos tras una lectura o tal vez, cuando me siento desorientada educando a mis hijos…
Nos invocamos mutuamente, pero la pequeña diferencia es que ahora ella, a pesar de su invisibilidad, está más accesible y por tanto más fácil reencontrarnos en ese refugio oscuro que aprendí a amar y a dejar de temer.
A mi me gustaría, que cuando me llegara la hora de entrar en la oscuridad eterna, nuestro final fuera parecido a la última imagen de “Telma y Lousie”, juntas de la mano, en un descapotable lanzado al vacío del Gran Cañón del Colorado.
Y con una sonrisa, apagaremos las velas de té que la brisa de la vida, nos concedió.
Tampoco de esas pecas que se tornan manchas, ni de ese sorprendente respeto que empiezo a notar cuando alguien se dirige a mi.
Tampoco se trata de cómo visto, así como ni de mi vocabulario, ni mi lenguaje…todo ello tan versátil como siempre ha sido en mi.
Hay algo intangible en mi, invisible, imperceptible a los sentidos, pero que yo sí siento…sólo yo.
Ese algo, sin imagen fija, está cambiando desde hace ya un tiempo. Y me regodeo de ese algo, de ese alguien, que habita en mi.
Mi compañera de viaje, algunas veces imperceptible hasta para mi, pero siempre presente, está en su mejor momento desde que tengo memoria.
Me ha enseñado a no temer la soledad, y guiarme el camino que llega hacia ella, siendo mi refugio oscuro, pero que aprendimos juntas a iluminar con pequeñas velas de te que se apagan con la leve brisa de mi despertar.
Mi fortaleza nació de la mano de mi compañera en el refugio de esa soledad que nos protege y nos enseña que mi parte invisible, aunque imperceptible, seguía creciendo al igual que yo. Mi hermana gemela, mi otro yo ajeno y ligado a mi.
Algunas veces se me ha rebelado (os lo aseguro, puede llegar a ser tan reivindicativa y exigente como yo), sin tener en cuenta qué es lo que más me convenía, pero sumergiéndome en sentimientos que yo no me podía permitir, reventando la apretada faja que los contenía.
En otras, a pesar de su insistente martilleo en mi cabeza para que la escuchara, la he hecho callar, ya que no entendía que sus propuestas no eran viables para ella, y debía pensar en mi y en los que me rodean.
Nuestros diálogos trascurren en mis silencios, tal vez conduciendo una autopista aburrida, tal vez, en breves descansos tras una lectura o tal vez, cuando me siento desorientada educando a mis hijos…
Nos invocamos mutuamente, pero la pequeña diferencia es que ahora ella, a pesar de su invisibilidad, está más accesible y por tanto más fácil reencontrarnos en ese refugio oscuro que aprendí a amar y a dejar de temer.
A mi me gustaría, que cuando me llegara la hora de entrar en la oscuridad eterna, nuestro final fuera parecido a la última imagen de “Telma y Lousie”, juntas de la mano, en un descapotable lanzado al vacío del Gran Cañón del Colorado.
Y con una sonrisa, apagaremos las velas de té que la brisa de la vida, nos concedió.
Zubel- Perséfone març 2008
Comentaris
Molt maques les papallones!