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Uno de los regalos que me emocionaron cuando era niña, fue la de un calidoscopio. Aquel objeto construido con espejos simétricos dispuestos en sus ángulos, que multiplicaba simétricamente los objetos contenidos en él.

Podía pasarme largos ratos imbuida en las mil y una formas que se presentaban en mis pupilas. Algunas de ellas producían en mi una sensación de bienestar, otras de curiosidad, otras de impasibilidad…pero a pesar de ello, proseguía con la labor de observar.

Esa sensación me relajaba. Cada imagen representaba una mandala nueva por descubrir.

A veces, quería repetir la misma imagen que una vez obtuve…siempre sin éxito. Quizás es que mi memoria, con tantas variables persistentes, no alcanzaba a discriminar las que podían resultar exactamente iguales. Otras veces, sin yo quererlo, obtenía alguna imagen que se me antojaba como una preciosidad….y dejaba cuidadosamente el calidoscopio sin apenas tragar aire encima de mi mesita. Y allí quedaba la imagen que quería que no se borrara jamás.

Pero siempre pasaba algo…mi madre sacaba el polvo de la habitación, o uno de mis hermanos entraba a fisgonear en lo ajeno, o simplemente…se caía un libro y la imagen desaparecía.
Quizás ese objeto absurdo pero mágico, fijó en mi mente la mirada de una niña a través de un calidoscopio.

Todo es cambiante. Aparecen nuevas formas hermosas en cada persona, situación, paisaje. La energía se transforma.

Ya hace un tiempo leí los experimentos del doctor Masau Emoto. Se dedicó a fotografiar cristales de agua congelados tras haber sido sometidos a estímulos físicos. De hecho, llego a hacerlo después de comprobar que los cristales de agua de manantiales, presentaban unas formas hexagonales preciosas….y las imágenes que obtuvo de agua extraída de grandes urbes muy polucionadas, presentaban formas o estructuras de cristalización muy toscas.

Sometió al agua a estímulos no tangibles….exponiéndola a música religiosa o clásica, a música ruidosa. Lo mismo hizo con agua exponiéndola a pensamientos o palabras malsonantes…y al revés.

Pudo observar que los cristales se transformaban en función del estímulo que recibiera.

Si nuestro cuerpo contiene más de un 60% de agua…¿os imagináis que formas tendremos por dentro cuando nos enfadamos o cuando nos sentimos felices?

Todo ello, me llega a plantear la posibilidad, que las imágenes que mi niña chica veía en un calidoscopio, no las creara el objeto ni el movimiento…si no que tan sólo fuera un reflejo de mi estado interior.

Como si de alguna manera mis cristales interiores de agua, se reflejaran en dicho objeto.

Quizás sólo sea una soñadora, que le gusta pensar que la magia en la vida existe…y que ignoramos repetidamente nuestros espejos simétricos dispuestos en ángulos…pero que están ahí siempre…transformándose en este Universo que es nuestro

Zubel- Perséfone Desembre 2008

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